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EL ABRIGO
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El fuerte instinto que empuja a abrigar bien a los bebés está lleno de sentido, porque son muy vulnerables al frío. Esto es debido a que, comparativamente con un adulto:

- La superficie corporal de intercambio de calor con el exterior es, en proporción, tres veces mayor.

- La cantidad de grasa que les aísla es menor.

- Los mecanismos de regulación de la temperatura son menos eficientes.

- No pueden moverse voluntariamente para producir calor, ni tampoco involuntariamente, pues no saben tiritar.

Sin embargo, salvo el último, estos mismos motivos les hacen también muy sensibles al calor, que es capaz de causarles fiebre y deshidratarlos con mucha rapidez, dado lo escaso de las reservas de agua que pierden, básicamente a través de la respiración, cuando les sobra calor. En este sentido, el instinto no parece tan atinado, pues la tendencia universal es a abrigarles en exceso, y aunque normalmente no es tanto como para acarrear mayores consecuencias, se ha relacionado incluso con el síndrome de la muerte súbita del lactante.

Para no confundirse, conviene saber que:

- Los bebés no sudan tan pronto ni tan abundantemente mientras son pequeños y, menos aún, si el calor está empezando a deshidratarles; por tanto, el hecho de que no suden no significa que no estén pasando calor.

- Igual que sucede entre los adultos, hay bebés que tienen siempre las manos y pies más bien fríos. Los lugares más adecuados para valorar la temperatura de su piel son el cuello y la nuca.

- Cuando se les abriga demasiado, pueden avisar protestando, pero no es nada raro que el calor les adormezca; por tanto, aunque no lloren, pueden estar pasando calor.

Pero la mejor forma de acertar es tener siempre presente que no necesitan más abrigo que cualquiera que estuviera en su lugar, quieto en la cuna. Esto significa que se les debe poner la misma ropa con la que se siente a gusto quien esté a su lado en ese momento, y una pieza (o mantita) más para compensar el calor que dejan de producir al no moverse.

Ni su ropa ni la de la cuna deben impedirle moverse libremente ni oponerse a la posición natural de su cuerpo. Es conveniente sujetar la sábana metiéndola bajo el colchón, pero evitando una tensión que le oprima. Para que una manta no deje escapar el calor, basta con que le cubra holgadamente, cayendo por su propio peso.


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